El zapato de cristal

Premoniciones de un cuentista

El zapato de cristal

El tren avanza, silbando su lamento metálico en la desierta llanura. Miro por la ventana, intentando atrapar las estrellas que se diluyen en el horizonte como lágrimas de un dios cansado. Cada estación es un latido que se pierde en la vasta soledad del tiempo, un eco que resuena en mi pecho como un tambor olvidado.

Llevo conmigo una caja de madera, desgastada por los años y las penas. Dentro, guardo un viejo reloj de bolsillo, único testigo de mi búsqueda incansable. Los segundos escapan, resbalando entre mis dedos como la arena del desierto, como los besos que nunca doy, como las promesas que se disuelven en la lluvia.

Llego a un pueblo sin nombre, donde el viento es el único habitante. La gente allí, sombras de un pasado marchito, me mira con ojos de vidrio, reflejando el vacío de sus propios corazones. Pregunto por el castillo, por la princesa, por el baile perdido en el tiempo. Nadie sabe, nadie recuerda.

Sigo mi camino, guiado por un hilo invisible que se entrelaza con mi destino. Los días se confunden con las noches, y mi esperanza se viste de harapos, danzando al ritmo de una melodía olvidada. Encuentro montañas que susurran historias de antaño, ríos que cantan elegías a los viajeros perdidos. Pero ni rastro del zapato de cristal, ese fragmento de ensueño que brilla en mi mente como una estrella moribunda.

Una noche, en la penumbra de un bar solitario, un anciano de barba gris y mirada triste me habla de un lugar al final de la carretera, un burdel donde las almas extraviadas buscan consuelo en la oscuridad. Con el corazón en un puño y la esperanza como único equipaje, emprendo mi último viaje.

El burdel es un edificio desvencijado, sus luces parpadean como ojos enfermos en la noche. El aire huele a desengaño y alcohol barato. Entro, mis pasos resuenan en el suelo de madera, y me encuentro rodeado de miradas cansadas, de risas que mueren en la garganta.

En un rincón, una mujer de cabellos dorados y sonrisa quebrada sostiene algo en sus manos. Nuestros ojos se encuentran, y en ese instante, sé que mi búsqueda ha terminado. Con manos temblorosas, la mujer me entrega el zapato de cristal, sucio y gastado, un vestigio de un cuento que nunca fue.

Y el zapato de cristal aparece en un sucio burdel de carretera, como una reliquia olvidada de un tiempo en que los sueños no pueden ser reales. Con el corazón lleno de cicatrices, comprendo que la magia ya no está, que los pasos dados son inútiles y las estrellas ya no brillan, inalcanzables, en el cielo desierto, negro, abismal.