Muerte en Ballesta

Muerte en Ballesta

En la calle Ballesta
el asfalto canta sus plegarias grises,
y la muerte se desliza con pies de terciopelo,
invisible al sol, con su hálito de sombra,
entre las luces rotas de neón antiguo
y el herrumbroso sudor de los adoquines.

Allí, entre las ventanas que lloran su miseria,
se tienden los transcuerpos como ramas caídas,
hojas secas del destino embarrado, bochornoso,
bajo el abrazo sordo de la luna enlutadamente fría.

Las farolas murmuran su réquiem eléctrico,
mientras el viento arrastra susurros de tiempos rotos,
como un llanto sin fin que serpentea entre los muros,
deshojando recuerdos de amores rutilantes.

Las puertas de los bares, en su vigilia de cristal,
guardan secretos de vidas truncadas,
de corazones que laten aún en la memoria del asfalto,
testigos mudos del adiós cotidiano y plasmático.

La muerte en la calle Ballesta no grita,
se despliega en un silencio denso, pastoso,
como una sombra que desgarra el aliento,
con su presencia eterna, sin rostro ni nombre.

Y así, en el bullicio desierto, arisco,
se confunde con la bruma de los sueños que ya no son,
mientras la noche, con su manto de olvido,
cubre los cuerpos, las voces cárdenas,
los pasos que nunca volvieron.

Las sombras susurran sollozos,
el asfalto palpita, sudario de almas errantes,
se desata un silencio de mármol, cruje la vida
como un cristal bajo la pezuña de un destino ciego.

Las farolas, inútiles, dibujan cicatrices de luz
sobre rostros anónimos, marchitos,
un carnaval de espectros que bailan
en el eco de sus pasos perdidos.

La muerte, máscara invisible,
recorre las esquinas con su manto
gris, y en su abrazo helado, transido,
susurra al oído de la fatua noche
historias de olvidos y ausencias.

Las puertas cerradas guardan
el murmullo de nichos naufragados,
el último suspiro de un sueño gangrenado
que nunca llegó a ser alba ni aurora.

Y así, entre el crujir de huesos invisibles,
la muerte en esta calle se desliza, sigilosa, amante
de la soledad y el enigma, dejando tras de sí un chorro
de silencios rotos y flores mustias de orín.